martes, 26 de marzo de 2013

Los Templarios regresan al entorno de San Polo y el Monte de las Ánimas


Si bien la posada templaria más famosa de la provincia sea aquélla que, llevando precisamente por nombre Los Templarios, se sitúa en Ucero, pueblo cercano al Cañón del Río Lobos y su espectacular ermita de San Bartolomé, el recuerdo de esta Orden religioso-militar medieval vuelve a estar de moda en la capital soriana.
El lugar, que antiguamente era una tienda de artesanía, a pie de cuya entrada el propietario exponía una elaborada piedra, que artísticamente reproducía varios símbolos tradicionales afines al ideario de la Orden –entre ellos, el caballo compartido por dos jinetes- se ha reconvertido en la actualidad, en un hostal-residencia, que lleva por nombre Douris-Temple. Se sitúa, pasado el antiguo puente de piedra sobre el Duero, haciendo esquina con la calle de las Ánimas –siguiendo la dirección de Almajano, a escasos metros del monasterio de San Juan de Duero- y con la carretera que se dirige hacia Ágreda y Zaragoza, aproximadamente a unos doscientos metros del desvío hacia el antiguo monasterio templario de San Polo y la ermita de San Saturio, en una de las zonas turísticas más recomendables de la capital.
Bajo una de las ventanas del piso superior, se puede apreciar una cabeza monstruosa, cuya intencionalidad, posiblemente sea la de ofrecer –indisociable con los arquetipos básicos de la Orden- una visión particular de la famosa cabeza, de nombre Baphomet, que supuestamente adoraban y que tantas especulaciones e hipótesis ha venido generando a lo largo de la Historia.
Vistos los alojamientos desde las numerosas fotografías expuestas en internet, no cabe duda de que pasar una noche en compañía de tantos símbolos, que de alguna manera atrajeron a las productivas musas que rondaron la imaginación de reconocidos escritores y poetas de prestigio mundial –Gustavo Adolfo Bécquer, Antonio Machado, Gerardo Diego, Juan Antonio Gaya Nuño o Fernando Sánchez Dragó, por citar algunos- puede llegar a ser, en el fondo, toda una experiencia inolvidable.
Y es que no cabe duda de que, en cuanto a templarios y leyendas, Soria lo vale.





lunes, 25 de marzo de 2013

Los Templarios y el asesinato del arzobispo de Canterbury


Mucho se ha especulado sobre la Orden, actividades y organización de los Templarios en Tierra Santa, hasta el punto de que numerosos autores comparan la organización teóricamente fundada por el misterioso Hugo de Payns en 1118, como una de las precursoras de otras organizaciones militares, caracterizadas por su preparación, dureza y disposición a combatir en primera línea, que a lo largo de la Historia pasaron a denominarse con diversos nombres, entre los que figuran falanges, tercios, banderas o legiones extranjeras. Entre estos autores, se encuentra el prolífico escritor y periodista Piers Paul Read, mundialmente conocido por su obra Viven, la tragedia de los Andes, drama basado en hechos reales, que posteriormente fue llevado al cine, donde se describen la aventura sobrehumana que tuvieron que afrontar los supervivientes de un avión estrellado en la cordillera de los Andes.
En uno de sus últimos trabajos, publicado en el año 2010 en España por Ediciones B, S.A. (1), este prolífico escritor se embarca en la siempre amena aventura de la Orden del Temple, desarrollando un compendio histórico de la misma, en el que se incluyen algunos aspectos poco conocidos –o al menos, no tan comentados- que pueden ayudar, en cierto modo, a valorar con algo más de objetividad, algunos criterios relativos no sólo a la organización interna, sino también relacionados con esa visión romántica, tan extendida en la actualidad –sobre todo, en numerosos colectivos y organizaciones-, acerca de la pureza y el idealismo del templario.
Comenta Read, en la página 168 de la citada obra, que los caballeros que asesinaron a Thomas Beckett, arzobispo de Canterbury, fueron condenados a servir durante catorce años en la Orden del Temple, condena que, lejos de considerarse como un mal menor derivado de un homicidio, significaba una segura condena a muerte, pues las condiciones que habían de afrontar en Tierra Santa y el detalle de formar parte de auténticas fuerzas de choque destinadas a combatir siempre en primera línea, ofrecían escasas expectativas de vida, con el único eximente de que de esta manera, su muerte era considerada como un martirio y, por lo tanto, lo hacían en olor de santidad.
El tema me vino a la memoria el pasado sábado, cuando, paseando por esa hermosa ciudad que es la capital soriana, tuve oportunidad de contemplar lo poco que queda de los extraordinarios frescos románicos que, describiendo precisamente el asesinato del arzobispo de Canterbury, aún se pueden contemplar en una de las capillas de las ruinas de la iglesia de San Nicolás. Iglesia que, por añadidura, sirvió de cantera a otras construcciones románicas de la ciudad, siendo la más destacable –sobre todo, porque heredó la magnífica portada principal y parte de las losas del pavimento, donde todavía se pueden contemplar numerosas reseñas canteriles en forma de las conocidas patas de oca- de San Juan de Rabanera, detrás de cuyo altar, se puede apreciar, también, el hermoso Cristo que los templarios tenían en la iglesia del cercano monasterio de San Polo, al que se conoce, así mismo, como el Cristo Cillerero, en asociación con una hermosa leyenda, recuperada hace años por el extraordinario investigador Rafael Alarcón Herrera.


(1) Piers Paul Read: ‘Los Templarios, monjes y guerreros’, Ediciones B, S.A., 1ª edición, marzo de 2010.

steemit.com/spanish/@juancar347/los-templarios-y-el-asesinato-del-arzobispo-de-canterbury

miércoles, 20 de marzo de 2013

¿Estuvo el Temple en el entorno de Silos?. La iglesia de Santa Elena, de Revilla Cabriada


‘Buscar no significa encontrar, pero ayuda a ello’.
[Fernando Sánchez Dragó]

Si tuviera que pensar en un lugar mágico sobre el que hipotetizar una posible vigilancia –condición sine quanon, según algunos autores, como Juan García Atienza, que describe algunos entornos donde solían asentarse los templarios- no se me ocurriría otro sitio mejor, que el propio monasterio de Santo Domingo de Silos, situado a apenas una decena de kilómetros. O el soberbio desfiladero de la Yecla, con sus recuerdos que se remontan cuando menos al Neolítico; lugar donde Almanzor salió milagrosamente ileso de una emboscada de los condes castellanos y a punto estuvo de perder la vida, suceso que pudo ahorrar numerosa sangre cristiana, e incluso salvar lugares, como la propia catedral compostelana de este auténtico azote de Dios. Incluso, apurando al máximo lo que probablemente muchos consideren inapurable –que respeto me merecen todas las opiniones, aparte de la mía-, mentar –siquiera sea como grato recuerdo, que también lo es y además por partida doble- ese lugar extraño, solitario y telúrico donde se levanta la hermosa ermita mozárabe de Santa Cecilia –milagrosamente también, ignorada por las devastadoras razzias del mentado Almanzor- en cuyos sillares alguien, sin duda aprovechando las huellas de los anónimos canteros medievales, debió de ofrecer, en tiempos modernos y a un auditorio desconocido, una amena clase teórica de geometría sagrada.  Puedo mencionar, incluso, como dato anecdótico, el paso por la comarca de un río que –Dios sabrá por qué- lleva el no menos curioso y anecdótico nombre de Mataviejas y en cuanto al apellido que acompaña al pueblo de Revilla, esa referencia a las cabras –aparte de adjetivizar una de las características propias del lugar, como puede ser el pastoreo- me trae a la memoria el nombre de un curioso santo que ronda por algunos lugares castellanos –San Caprasio- y que, así mismo, era el nombre del misterioso y santo anciano, que guió a San Honorato durante su estancia en Marsella, y seguramente le ofreció sanos consejos que le ayudaron a ahuyentar a las serpientes cuando se instaló en la isla de Lérins.
Supongo que en Revilla Cabriada, la presencia de serpientes puede ser tan natural como en cualquier otro lugar. Pero lo que está claro es que, si nos dejamos llevar por los símbolos, veremos que en su parroquial, a pesar de la rusticidad y de las sucesivas modificaciones realizadas a lo largo de los siglos, quedan los suficientes como para hacernos pensar que, aunque en los Archivos Generales de la provincia el Temple brille por su práctica ausencia –lo cual no debería extrañarnos, si tenemos en cuenta la trayectoria de la Orden y su desmembramiento final- todavía podemos tener algún motivo para aventurarnos a hacernos la pregunta clave: ¿fue la iglesia de Santa Elena un enclave templario en el pasado?.
Santa Elena, madre del emperador Constantino. Aquélla misma que, según la tradición, encontró la Vera Cruz, muchos de cuyos fragmentos, bellamente adornados, conformaban los Lignum Crucis que los templarios solían tener en sus principales encomiendas y en otros enclaves, los cuales sacaban en procesión por su fama de milagreros. Podría ser una posible pista, añadida a la presencia de cruces de ocho beatitudes bien grabadas en su portada. Y aunque de factura rural e incluso tosca, las representaciones de sus capiteles y canecillos pueden resultar, así mismo, interesantes. La presencia de un animal como el lobo, símbolo de algunas hermandades de canteros (1), compañero posteriormente transformado en perro compañero de santos de los caminos con cierto olor a paganismo y heterodoxia, referencia ligúrica y sin duda, portador de secretos, cuando no compañero, también, de santas ctónicas de oscuro linaje, como Santa Quiteria. La bestia, que generalmente se representa con un ser humano en sus fauces, aparece aquí mostrando en el interior de ellas, dos cabezas, que parecen conformar un ocho, un símbolo del infinito. La cruz de brazos planos, que vuelve a hacer acto de presencia en otro canecillo. Los atlantes, simulando los misteriosos hombres-verdes, que con las bocas selladas soportan las nervaduras de un ábside que ya apunta maneras góticas.
También la presencia, aún con el brazo derecho amputado -¿llevaría la típica bola en la mano u otro símbolo como el lirio?- de una Virgen, gótica también, a un lado de un calvario escoltado por una Madre de la Madre, es decir, una fantástica Santa Ana Triple. Las estrellas de ocho puntas que conforman las claves de las bóvedas. Pero sobre todo, la soberbia pila románica que, aparte de mostrar un modelo de arcos ya conocido en la inolvidable técnica desarrollada en el monasterio soriano de San Juan de Duero, muestra, para añadir más pimienta al tema, dos fenomenales cruces paté inmersas en su correspondiente círculo.
Reconozco que todos estos elementos, así como la valla que circunda al templo no son elementos suficientes para juzgar con objetividad, pero ayudan, al menos, a intentarlo. Y lo que es cierto, dejando al Temple a un lado, es que simplemente por subir al coro (2) y admirar las maravillosas pinturas góticas, que como los tapices flamencos de la catedral de Zamora, todavía muestran buena parte de su primitivo esplendor, ya merece la pena organizar una excursión y dejarse caer por este sencillo y entrañable pueblecito burgalés del entorno de Santo Domingo de Silos.
 

(1) Referente a este animal, así era como definían los cátaros a los representantes de la Iglesia católica.
(2) Todavía se mantiene la vieja tradición, y es lugar ocupado por los hombres.  

lunes, 18 de marzo de 2013

El divino encanto de los templos de planta hexagonal: la iglesia de la Vera Cruz


'..en la Península Ibérica se encuentran hoy los ejemplos más impresionantes de iglesias que han pertenecido realmente a la Orden del Templo y que fueron construidas sobre un plano circular: la iglesia llamada de la Verdadera Cruz en Segovia y la rotonda de Tomar en Portugal. En esas regiones, donde la Orden del Templo fue incitada a manifestarse en su función guerrera como en Tierra Santa, las construcciones son fortalezas, tal como se las encuentra en Oriente o en raros casos como el del Templo de París, que era la "casa presbiteriana" y una de las principales casas de la Orden. En lo relativo al edificio propiamente religioso, la iglesia de Segovia, consagrada en 1208, fue construida con toda la intención de recordar el Santo Sepulcro de Jerusalén (¡y no el Templo de Salomón!); contenía una reliquia famosa de la Vera Cruz que fue a venerar el rey de España San Fernando...' (1).
 
Régine Pernaud, es conservadora de los Archivos Nacionales de Francia y lleva muchos años dedicada a la historia medieval, habiendo publicado numerosas obras de interesante y variada temática, tal y como se comenta en la contraportada de su libro dedicado a la Orden del Temple. El texto precedente, que sirve como introducción a la presente entrada, pertenece al capítulo tercero, dedicado a la arquitectura de los templarios. Y resulta tremendamente curioso que, si bien en este texto, la señora Pernaud se muestra rotunda con la autoría templaria de esta formidable iglesia de la Vera Cruz, en el párrafo precedente, niega, con absoluta rotundidad, también, que las iglesias de Santa María de Eunate y el Santo Sepulcro de Torres del Río, hubieran sido construcciones templarias. Detalle que no deja de ser chocante, en cierto modo, si nos planteamos la espinosa cuestión de si existío, en efecto, una arquitectura templaria, y en caso afirmativo, si el principal modelo -que no el único, evidentemente- seguía los patrones arquitectónicos de la iglesia-madre situada en Jerusalén. Precisamente aquélla, cuya cúpula divisaban los peregrinos desde la colina sobre la que se alzaba el monasterio de San Samuel; colina que, al igual que en las proximidades de Santiago de Compostela, entrañaba el apelativo "Montjoie", el Monte de la Alegría o Monte del Gozo, que indicaba al peregrino que estaba a punto de alcanzar la meta y que su viaje, piadoso, personal e iniciático, estaba llegando a su fin.
Lo que posiblemente no supiera esta brillante historiadora, por la que siento un gran respeto, es que, además de las tres iglesias de planta hexagonal citadas, existieron algunas otras -y cito la confidencia que hace algún tiempo me hizo de viva voz Rafael Alarcón Herrera- de las que no queda ni siquiera el recuerdo, pero que todavía existe una cuarta, a la que tanto historiadores como investigadores, apenas han prestado atención, llegando en algún caso a definirla, poco menos que como de aspecto burdo y chozo pastoril (2). Me refiero a la ermita de Santiago, anteriormente bajo la advocación de una Virgen Negra desaparecida, que lleva el nombre del monte que la acoge en su cima: el Monsacro asturiano.
Tampoco se menciona, salvo para compararla o denominarla gemela de la que se localiza en Santa María de Eunate, la portada de la iglesia cercana de San Miguel de Olcoz, elemento que continúa siendo un completo enigma y que plantea una serie de preguntas a cuál más interesante, cuando no desconcertante: ¿pertenecía a ese lugar o fue trasladada desde otro sitio?. Y si pertenecía, ¿cómo era el templo en sus orígenes?. ¿Podría haber sido, también de planta hexagonal?. O por el contrario, pertenecía a un templo gemelo, que se levantaba a escasa distancia del templo de Santa María de Eunate?.


De lo que no parece caber duda, es de que este tipo de edificaciones, fueron más conocidas en la España medieval de lo que realmente parece. Y el recuerdo de su planta de forma hexagonal, fue consignado en los ábsides de numerosos templos, incluso siglos después de que el románico quedara obsoleto y agachara la cabeza frente a otro estilo, el gótico, que pareció surgir de ninguna parte y comenzó a extenderse por todos los lugares, con una alquimia sacra que apuntaba directamente a los cielos.
La iglesia de la Vera Cruz, con su triple ábside, su fantástica torre defensiva y su singular edículo central, hacen de ella un templo único en su género, que posiblemente supere la magia geométrica desplegada en las demás, aunque resulte odioso caer en el falso espejismo de las comparaciones. Una extraña sensación se experimenta cuando se llega a las proximidades de Zamarramala -actualmente, una barriada de la capital segoviana- y se observa esta extraña maravilla extramuros, como una isla perdida en mitad de un océano. Resulta imposible, entonces, no preguntarse, cuál era su verdadera función.
Por su aspecto, además de fortaleza, se tiene la sensación, al poco de penetrar en su interior, de que era algo más que un templo en el que honrar a Dios, venerando, de paso, la nostalgia de una Casa-Madre que quedó definitivamente perdida, tras ser reconquistada Jerusalén por las tropas del sultán Saladino. Parece, más bien, un lugar de iniciación, un nexo de unión de esas vouivres subterráneas con aquéllas otras celestiales, a los que los antiguos pueblos -sobre todo el celta- denominaban serpientes y dragones.


Por otra parte, y a diferencia de otros auténticos Lignum Crucis venerados por los templarios en sus templos (3), el Lignum Crucis que había en esta iglesia de la Vera Cruz, permanece custodiado, a cal y canto, por los vecinos de Zamarramala, que sólo lo enseñan en contadas ocasiones, cuando se saca en procesión. Por eso, la Semana Santa constituye una oportunidad única de poder presenciar la antigua reliquia de los templarios de la Vera Cruz.
Pero lejos de dejars embarcar en los mares bravíos que siempre levantan las olas de la polémica entre el concepto de si hubo realmente una arquitectura templaria y si tal o cual templo constituye un ejemplo de dicha arquitectura y por supuesto, de pertenecencia a la Orden del Temple, resulta aconsejable desprenderse de toda consecuencia mediática y disfrutar del momento, dejándose llevar, no sólo por la belleza en su estado más puro, sino también, por el sublime placer de contemplar una auténtica obra de Arte, que ha de depararnos, qué duda cabe, singulares y particulares experiencias.

 
(1) Régine Pernaud: 'Los Templarios', Librería El Ateneo Editorial, 2ª edición, Argentina, 1983, páginas 43-44.
(2) Juan García Atienza: 'Guía de la España templaria', Editorial Ariel, S.A., 1ª edición, marzo de 1985, página 29.
(3) Por ejemplo, el que se custodiaba en Ponferrada, se conserva en el Museo Catedralicio de Astorga. Igual destino sufrió el Lignum Crucis de Tuñón, Asturias, que habiendo sido comprado por los vecinos, terminó recalando en el Museo Catedralicio de la Catedral de San Salvador de Oviedo.

viernes, 8 de marzo de 2013

Un Montsalvat en Guadalajara: el Santo Alto Rey



'Los provenzales denominan, aún hoy en día, "monte de la Transfiguración", "Tabor", al pico del Saint-Barthelemy", una de las cumbres más hermosas de los Pirineos...' (1).

No es el Tabor, evidentemente, ni tampoco se localiza en esos legendarios e imponentes Pirineos que delimitan una frontera natural entre España y Francia. Tampoco hay noticias de que una Esclarmonde de Foix, hispana se transfigurara en paloma, desde esta nada despreciable altura de mil ochocientos cincuenta metros, y emprendiera el vuelo en dirección al Oriente, hacia la cuna tradicional de la Sabiduría. Quizás hacia ese Centro Supremo, oculto e inviolado, que algunos han identificado con el Agartha de la tradición budista. Y sin embargo este monte, que responde al nombre de Santo Alto Rey, como el Tabor, como Montségur, como Montserrat, como el Pano o como el Cebreiro, es un monte de misterio, de tradición y de leyenda, que poco o nada tiene que envidiar a los otros, porque forma parte merecida de esa Gran Familia Mistérica, que se ha dado en llamar Lugares de Poder, pero que a mí, aunque sólo sea por llevar la contraria, me complace más denominar Lugares del Espíritu. Porque eso es, precisamente, lo que creo que alienta en ellos: el Espíritu. Un Espíritu antiguo, ancestral, que no se ve, es cierto, pero que sí se percibe desde el mismo momento en el que los pies hoyan su entorno, hasta el punto de convertirse en un monumental imán, capaz de atraer la mirada de los hombres desde tiempo inmemorial, como de hecho, así ha sido.
El monte, por otra parte, es visible desde numerosos lugares. Lugares éstos, constituidos por pequeños pueblos que, como satélites, custodian –siquiera sea en la memoria que aún se conserva al calor de la lumbre de los viejos hogares- parte de ese secreto ancestral, que hace de la zona, no sólo una de las más duras y despobladas –ideal, como aquélla otra burgalesa de la Demanda, para aquéllos antiguos buscadores de la Trascendencia-, sino también, una de las más mistéricas e interesantes de la provincia de Guadalajara. Uno de tales lugares, directamente relacionado, sería Albendiego, con su insuperable iglesia de Santa Coloma –cuyo ábisde, extraordinario, destaca en toda la provincia-, la presencia, al menos de una santa con evidentes connotaciones negras –en realidad, se conservan dos imágenes de Santa Coloma, una de madera y otra de alabastro (2)- y la insistencia de una tradición que coloca, en uno y en otro lugar, a los mismos templarios que, siguiendo las indicaciones de Wolfram von Eschenbach, eran los verdaderos custodios del Santo Grial.
Si bien aquéllos templeisen de Eschenbach portaban en sus blancas túnicas –señal de pureza- el símbolo de la paloma (3), éstos otros que la tradición sitúa en Albendiego, Campisábalos y la curiosa ermita que se levanta en la cima de este relevante monte del Santo Alto Rey, lucían la cruz patada de color rojo sangre, símbolo del martirio. Como martirio debía ser, permanecer allí, aislados en una ermita de reducidas dimensiones, de forma parecida, interiormente, a esa enigmática capilla añadida a la iglesia de San Bartolomé, en Campisábalos, conocida como de San Galindo o del Caballero San Galindo, no menos enigmático personajes del que, curiosamente, apenas se conocen datos, a excepción de sus funciones repobladoras y hospitalarias. De hecho, en las proximidades se localiza otro pueblo, cuyo nombre rinde homenaje al caballero en cuestión, así como a las mencionadas actividades: Casas de San Galindo.
Refiere una de las tradiciones, que los monjes-guerreros del Temple residentes en Albendiego, se aposentaban en ésta ermita del Santo Alto Rey, durante los periodos estivales, siendo del todo imposible permanecer allí durante los crudos periodos de invierno. También comenta la tradición -pero esto parece totalmente improbable, si exceptuamos considerarlo como un elemento fantástico, afín a toda leyenda- la existencia de un túnel que conectaría la cripta de la iglesia de Santa Coloma (4)- con la cima y la ermita del Santo Alto Rey. Tema, por añadidura, que suele ser una constante en numerosos lugares atribuidos a la Orden del Temple, tengan o no el respaldo de la documentación histórica.
Exteriormente, la ermita presenta un aspecto realmente extraño, tosco, que de alguna manera, simula la forma de un búnker. Aparte de los graffitis dejados quizás en menor medida por peregrinos y en mayor número por gamberros que hacen caso omiso de ese cartel donde se asevera estar en un lugar sagrado y se pide respetarlo, los canteros del Medievo dejaron también su huella. Y entre esas huellas, quizá no sorprenda demasiada encontrarse con una vieja forma, bien conocida sobre todo en las construcciones románicas del Camino: la pata de oca. Una sencilla verja de hierro impide el acceso al interior, pero a través de ella, se pueden distinguir algunas de sus características. Como ese representación griálica labrada en su pared norte; el moho y la humedad de las esquinas, o el crismón moderno con el alfa y el omega, sobre el altar. Existe, también, una hermosa talla románica de Cristo in Maiestas y coronado, posiblemente de ahí el nombre, pero la tienen a buen recaudo en un pueblo cercano. Junto a la ermita -señal de que en estos tiempos, poco importa si el lugar es sagrado o no, independientemente de que tenga que ver más o menos con el estamento eclesial- varios repetidores de la compañía Amena, violan la singularidad del lugar. Una singularidad, que previamente fue violada también, cuando otro ejército, moderno, instaló una base de seguimiento de aviones, algunos metros por debajo de la ermita: el Ejército del Aire español.
Y no obstante, obviando esto, difícil es llegar a ese sublime cumbre y no detenerse a pensar en el detalle de que, si efectivamente, el Temple anduvo por allí, cuáles no serían sus motivos y porquéses, como se diría en castellano antiguo. Preguntas como, ¿qué vigilaban?, ¿cuál era su auténtico interés por el lugar? o ¿qué oscuras actividades realizaron allí?, me temo que sólo pueden ser contestadas desde el escurridizo mundo de la hipótesis. Y aún así, difícil sería no caer, si no se pisa con prudencia, en el mundo no menos escurridizo de lo fantástico.
Quizás, lo único que se pueda aseverar, con un cierto grado de objetividad, es de que no importa lo pobre o rica que sea una comarca, o una provincia: la Naturaleza, siempre haciendo alarde de uno de sus nombres -Sophia- otorga un oportuno Montsalvat para todo aquél que un día emprenda esa búsqueda que, a falta quizás de un nombre mejor, se ha convenido en denominar Trascendencia.
 

(1) Otto Rahm: 'Cruzada contra el Grial', Ediciones Hiperión, S.L., 6ª edición, 2007, páginas 65-66.
(2) Recordemos el próspero comercio del alabastro, y su relación con el Camino de Santiago.
(3) Siempre me he preguntado, por qué el Cristianismo adoptó esta ave como símbolo del Espíritu Santo, a sabiendas de que era el animal distintivo de la diosa Isis, aquélla en la que supuestamente se basaron los modelos de nuestras misteriosas Vírgenes Negras, que solían adorarse en santuarios subterráneos, criptas y cuevas -símbolos de la Matriz primordial, y por la tanto, de Vida-, y que fueron siendo gradualmente sustituidas por la blanca palidez de la figura de María.
(4) Situada, al parecer, debajo del altar, exactamente en ese punto aparentemente telúrico, donde me consta que los péndulos responden de manera espectacular.